5.1.05

Capítulo XXVI

Pero algo fallaba. No podía concentrarme en la lectura. Cada vez que se mencionaba a una belleza venusina, no podía dejar de imaginarla con el rostro de Marta... o el de Pilar. Era absurdo, pero no podía quitármela de la cabeza. ¿Cómo era así? No podía rivalizar ni en belleza ni en personalidad con mi novia. Quizá fueran aquellos ojos que parecían mirar penetrantemente. Pero, desde el frío análisis de la paralingüística, estaba claro que se debía únicamente a un mal aprendizaje de las pautas de comportamiento esperables en los sujetos de la comunidad social española. Aun así, resultaban tan atractivos...
Necesitaba aclarar mis ideas, así que pensé en llamar a alguien. ¿A quién podía llamar? Quizá a Paco.
Quedé con él en un bar situado enfrente de mi casa. Era un local que funcionaba como tasca ilustrada por las tardes y como bar de copas por las noches. Aprovechando lo temprano de la hora, pedimos un par de tostas remojadas en cubatas. La conversación, inicialmente centrada en mi problema amoroso, tomó pronto otros derroteros.
—Llevo un mes un poco extraño. Primero, esa extraña búsqueda de un libro que me hace entablar relación con el extravagante círculo de Tito Causto. Luego, comienzo a salir con Marta, después de llevar muchísimo tiempo detrás de ello, pero conozco a Pilar... Es un poco lo que me ha pasado con la búsqueda del libro: después de buscar un libro de Paulo Flumninis, ha resultado que debía encontrar otro distinto.
—Oye, no sé mucho sobre libros, pero te puedo decir que tu mayor problema es que te has obsesionado con las cuatro cosas en que ocupas tu mente. Quizá si dejas de pensar en ello encuentres una solución...
—Ese es tu método, ¿no? No pensar en los problemas. Lo llevas usando desde los tiempos de instituto... Pero a mí no me funcionará.
—Escucha, no te digo que huyas del problema. A menudo, me cuesta averiguar por qué una rutina no funciona como esperaba. Y he comprobado que, si me centro en otro aspecto del programa, a las pocas horas me doy cuenta de los errores que había cometido. Creo que, si dejas de pensar por un momento en esas dos chicas, te darás cuenta de cuál es la que realmente quieres. Además, dijiste que Marta vendría mañana, ¿no?
—Que lo intentaría.
—¿Y te crees que te va a dejar aquí solito? ¡Qué iluso eres! —y añadió luego:— Anda, vámonos hacia otro lado, que aquí el nivel de edad está comenzando a superar lo tolerable.

Pero yo ya había tenido suficiente con aquella conversación, y me disculpé diciendo que debía acostarme pronto, por si Marta venía realmente. No debía encontrarme con aspecto de crápula resacoso.

Así que me metí en la cama y, para evitar cualquier pensamiento que provocase en mí algún sueño desagradable, puse en mi radio un programa nocturno, de esos a los que llama gente desesperada. No hay nada que libere tanto de los propios sufrimientos como escuchar los de los demás.
De ese modo, a pesar de haber escuchado la angustiosa situación de Jéssica Fernández, cuyos padres no sabían que estaba embarazada de seis meses de un chico que la había dejado a la semana de salir con ella, y a pesar del conmovedor mensaje de Adolfo Méndez, cuyos hijos habían muerto en un horrible accidente de tráfico, mis sueños fueron plácidos y relajados.
Y, lo que es mejor: a la mañana siguiente lo veía todo más claro.


© 2004 José G. Moya Yangüela. You can make copies of this post for personal use if you keep this notice intact.